Quiero una pureza clásica, donde la porquería sea porquería y los ángeles sean ángeles.
La pureza no se puede perder nunca cuando uno la lleve dentro de verdad.
La exigencia de la castidad hace que el culto sea más ardiente, más entusiasta, más lleno de alma.
Resulta tan ridículo decir que la castidad es una virtud como afirmar que lo sería privarse de comer.