En Rusia, ella abría las piernas por un trozo de pan, decía la gente después de la guerra. Windisch pensaba entonces: Es bonita, y el hambre duele.
El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo.