Pues no hay cosa más desasosegada que el ánimo insatisfecho de sí mismo.
Vale más ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho.
El primer francés que se comió un caracol no era, ciertamente, un epicúreo, sino un hambriento
Hacia tus pies resbalo, a las ocho aberturas, de tus dedos agudos, lentos, peninsulares, y de ellos el vacío de la sábana blanca caigo, buscando ciego y hambriento tu contorno de vasija quemante.