Desde edad temprana dominé el arte de imitar voces, un arte al que me acerqué de manera instintiva e inconvencional. Finalmente empecé a imitar a un papagayo, lo cual es inusual, ya que los papagayos imitan usualmente a los hombres. Cuando se emprende la iniciativa, no le queda otro remedio al papagayo, que ser el mismo, con lo cual se demuestra de nuevo que la mejor defensa es el ataque.
Descubrí que había que diseñar de nuevo incluso los gráficos tradicionales de la economía si queríamos que la sombría ciencia de la economía se convirtiera en la apasionante disciplina que realmente era.