Los soñadores siempre parecían creer que su sueño merece el precio que pagarán los demás. También se engañan a sí mismos diciendo que controlarán el mal que usarán para hacer cumplir su sueño.
Mejor sufre el mal quien siempre le teme.
Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue.
Cuando mejor es uno, tanto más difícilmente llega a sospechar de la maldad de los otros.